Crisis alimentaria

Uno de los principales retos ambientales y socio-económicos del mundo actual sigue siendo el de solventar la crisis alimentaria imperante marcada por la escasez de recursos y el continuo crecimiento de la población. Sus causas proceden, por un lado, de las consecuencias derivadas de la llamada Revolución Verde y, por otro, de las desigualdades y deficiencias generadas por el mercado agroalimentario internacional.

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Con la Revolución Verde, iniciada tras la Segunda Guerra Mundial, se ha logrado aumentar la productividad agroalimentaria mundial de manera notable mediante su industrialización, la masiva utilización de productos químicos artificiales (fertilizantes, fungicidas, plaguicidas, herbicidas, aditivos, hormonas, etc.) y la aplicación de técnicas de cultivo de alto rendimiento. Sin embargo, sus efectos no solo no han conseguido resolver el abastecimiento de las necesidades alimentarias de la creciente población mundial (Dyson, 1999), sino que además, al haberse focalizado exclusivamente en el incremento de la producción y la reducción del coste sin haber tenido en cuenta los impactos ambientales, sociales y económicos de los métodos empleados, han ocasionado graves daños medioambientales, como la contaminación de suelos y acuíferos, y el empeoramiento la calidad de los alimentos al conservar residuos de pesticidas, teniendo como resultado el deterioro de la salud de los ecosistemas y seres vivos, incluyendo al ser humano.

Como explica María Dolores Raigón Jiménez (Catedrática y Doctora Ingeniera Agrónoma, en la especialidad de Industrias Agrarias de la Escuela Universitaria de la Universidad Politécnica de Valencia, y Profesora en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica y del Medio Natural), «la exposición humana a las sustancias fitosanitarias es un hecho bien estudiado en los últimos años, existiendo información de los efectos agudos de estos productos en casos de intoxicación por exposiciones a las sustancias químicas presentes en los mismos. Son conocidas las consecuencias que tiene sobre el desarrollo y funcionalidad de diferentes órganos y sistemas, que abarca desde las alteraciones neurológicas, reproductivas, endocrinas o inmunológicas, hasta fracasos funcionales y alteraciones importantes del comportamiento (Olea et al., 1996). También existen evidencias sobre incidencia y mortalidad por cáncer en poblaciones agrícolas, cuyo riesgo es superior al resto de la población en general, para algunas localizaciones tumorales (cerebrales, cáncer de pulmón, ovario y próstata, los sarcomas de partes blandas y algunos tipos específicos de leucemia) (Maroni y Fait, 1993)».

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Con respecto a la pérdida de composición bromatológica de los alimentos, Raigón Jiménez aclara cómo «los fertilizantes desequilibrados y la forma en que éstos se suministran al suelo, como sales solubles y no bajo forma orgánica, modifican profundamente la bioquímica de la planta y alteran la composición de los alimentos. Los fertilizantes nitrogenados, por su parte, reducen del contenido de materia seca por aumento de la cantidad de agua en el protoplasma celular. El contenido de agua en los alimentos frescos convencionales, por el empleo de sales fertilizantes nitrogenadas, puede variar entre el 5 y 30% más que en los alimentos ecológicos, así un aumento del 15%, implica que cada 7 kg de fruta u hortalizas producidas con agricultura convencional contienen 1 kg de agua más que los producidos ecológicamente. El abuso de los fertilizantes nitrogenados de síntesis en agricultura convencional puede provocar la presencia de residuos (nitratos y nitritos) en vegetales y si se acumulan en grandes cantidades pueden tener efectos cancerígenos. Otras consecuencias de la utilización de abonos nitrogenados son el aumento del contenido en proteínas en la planta, pero de menor valor biológico, disminución de la cantidad de oligoelementos, y disminución de la resistencia frente a plagas y enfermedades de los cultivos. Además, el empleo de fertilizantes de síntesis repercute sobre la calidad del producto durante su conservación, y pueden influir de forma importante en la producción de pérdidas durante el tiempo de almacenaje, debido a que un exceso de nitrógeno produce tejidos blandos con escaso niveles de materia seca (Raigón et al.,2003). También, los fertilizantes potásicos de síntesis afectan a la composición de las plantas al reducir el contenido de magnesio, por existir un antagonismo con el potasio, y también provocar la disminución de calcio y otros oligoelementos. El abuso de fertilizantes fosfatados reduce el contenido en β-carotenos (provitamina A)».

Asimismo, el mercado agroalimentario mundial, unido al sistema de producción industrial de alimentos, ha generado estructuras y dinámicas jerárquicas que mantienen en situación de dependencia y subordinación tanto a los países del Sur como a las zonas rurales, consolidando una distribución desigual de alimentos y dejando a la población rural en la posición de mayor vulnerabilidad.

Ante las negativas consecuencias ambientales, socio-económicas y para la salud humana que produce el sistema de producción agroquímico o convencional, la agricultura ecológica se presenta como la solución para alcanzar una sostenibilidad integral, puesto que, por un lado, es un modelo o subsistema en el que sus condiciones de producción están vinculadas a las condiciones de reproducción del macrosistema natural del que depende, mediante el establecimiento de relaciones equilibradas de intercambio de materia, energía e información. Y, por otro, porque la agricultura ecológica es más que un modo de producción sostenible, ya que se envuelve de principios y prácticas que la enlazan con otras cuestiones ecológicas y sociales esenciales para la supervivencia de las sociedades humanas del siglo XXI, como son la gestión y utilización inteligente(=sostenible) de los recursos, el reciclaje, la intensificación sostenible y ecologización o greening de la producción, el comercio justo y de proximidad, las cadenas de valor simétricas, y el consumo saludable y responsable. Así pues, la producción ecológica conserva el equilibrio entre naturaleza y sociedad al apostar por la protección de la biodiversidad, y el uso equitativo y sostenible de los recursos.

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