Crisis ecológica y social

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Alain Lipietz planteó que la Ecología pone «en evidencia los límites de la actividad transformadora del mundo por la humanidad».

La sociedad contemporánea se sustenta en un sistema económico fundamentado en el crecimiento exponencial e ilimitado y, puesto que habitamos en un planeta ecológicamente finito, el sistema resulta insostenible, ambientalmente destructivo y socialmente injusto. La actual estructura económica postindustrial se ha construido y consolidado históricamente mediante la expansión y convergencia de los procesos de industrialización, urbanización, transporte, consumo y mercantilización, y que ha derivado en:

  • un modelo energético de alto coste y aferrado en la dependencia a los hidrocarburos;
  • un modelo industrial, agroganadero y pesquero que extrae y despilfarra de manera incontrolada los escasos recursos naturales y energéticos existentes, utilizándolos como materia prima para la producción intensiva de mercancías, cuyo objetivo es satisfacer las demandas de un mercado cada vez más arbitrario; modelo que, simultáneamente, deposita grandes cantidades de residuos tóxicos y peligrosos en los ecosistemas;
  • en un modelo de distribución y transporte mayoritariamente automovilístico y altamente contaminante; y en un modelo urbano que reproduce estilos de vida, prácticas, pautas y valores definidos por la cultura internacional del (sobre)consumo y en la acumulación de basura.

Sin embargo, el meollo de esta complejidad no es solo el hecho de haber desarrollado una sociedad moderna ecológicamente incoherente, con sus consecuentes crisis ambientales, sociales y económicas, sino de hallarnos dentro de una profunda crisis de civilización desencadenada por los procesos de «cosificación», privatización y mercantilización de todo lo existente. «Estamos en la era de la privatización y mercantilización del mundo» (Bensaïd, 2004); todo se ha reducido a una mísera valoración comercial, todo se puede comprar y vender, lo vivo, el agua, el aire, las relaciones sociales y las relaciones de la especie humana con la naturaleza.

La Producción Primaria Neta (PPN) es la totalidad de recursos renovables procedentes anualmente de la fotosíntesis. La Apropiación Humana de Producción Primaria Neta (AHPPN) es un indicador que señala de manera aproximada la cantidad de la PPN que se apropia la especie humana. Las estimaciones que se han realizado la sitúan entre el 20 y el 40 por ciento a escala planetaria, es decir, la especie humana utiliza alrededor del 40% de la productividad primaria neta del ambiente terrestre (Vitousek, et al. 1986). Esta realidad desproporcionada refleja la enorme presión a la que la actividad humana somete a la Tierra, de donde se infiere que dicha actividad puede estar afectando gravemente a los procesos naturales del planeta.

El informe «Planeta Vivo 2012» del Fondo Mundial para la Naturaleza corrobora el grave desequilibrio ecológico: Las demandas humanas sobre el planeta han superado su capacidad de suministro. La Huella ecológica, área de tierra realmente disponible para producir recursos renovables y absorber emisiones de CO2, muestra una tendencia continuada de consumo excesivo. Según los datos más recientes obtenidos en 2008, la huella excedió la biocapacidad (capacidad de los ecosistemas para proporcionar recursos y absorber los residuos) de la Tierra en más de un 50%, es decir, estamos utilizando un 50 por ciento más de recursos de los que la Tierra puede proveer y emitiendo un 50% más de contaminantes de los que puede absorber. Este porcentaje significa que la Huella ecológica a escala global es mayor que la biocapacidad del planeta; hemos sobrepasado la «translimitación ecológica», y la huella de carbono es su principal causa. Durante el período de tiempo que comprende entre 1961 y 2008, la biocapacidad por persona ha disminuido de 3,2 hectáreas globales (hag) a 1,8 hag/persona, aún cuando la biocapacidad global total aumentó en ese período de tiempo. 

Lamentablemente, las tendencias crecientes de consumo en los grupos de altos ingresos y en los países BRIICS (Brasil, Rusia, India, Indonesia, China y Suráfrica), junto al crecimiento de la población, señalan un preocupante aumento del potencial de huellas en el futuro. Más aún, la «huella ecológica» también permite evaluar la superficie de recursos productivos terrestres y marítimos que consume cada habitante del planeta. Mediante su observación, el Fondo Mundial de la Naturaleza ha comprobado que la fractura ecológica a nivel mundial ha crecido de forma alarmante: cada estadounidense consume 9,5 hectáreas frente a las 0,5 que consume un/a africano/a o las 5-6 de un/a europeo/a. La fractura ecológica del mundo se superpone y refuerza la quiebra social (Bensaïd, 2004). El informe de WWF muestra también como el suministro continuado de los servicios ecosistémicos esenciales, tales como el almacenamiento de carbono, madera como combustible, agua dulce y reservas de peces, se está viendo afectado por las actividades humanas: escasez de agua en muchas cuencas fluviales debido a la sobreexplotación, incremento de las capturas globales de peces marinos en cinco veces, pasando de 19 millones de toneladas en 1950 a 87 millones de toneladas en 2005, y pérdida de biodiversidad de casi un 30% desde 1970 hasta nuestros días. Esta pérdida de biodiversidad y de sus servicios ecosistémicos asociados perjudica principalmente a las personas con menos recursos, quienes dependen más directamente de estos servicios para sobrevivir. Por otra parte, según el informe, la competencia por el uso de la tierra para la producción futura de alimento y combustible conforme crezca la demanda humana será cada vez más frecuente y compleja.

También publicado recientemente, la Universidad de East Anglia (Reino Unido) ha presentado un estudio en el que indica que las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2) han aumentado en 2012 en un 2,6%, llegando a la cifra récord de 35,6 millones de toneladas. El Protocolo de Kioto sobre el Cambio climático estableció como objetivo reducir las emisiones de gases contaminantes a partir del año 1990, es decir, si las emisiones en este año comprendían el 100%, el acuerdo comprometía a eliminar completamente estas emisiones para el año 2012. En estos veinte años, no solo no se han disminuido las emisiones, aunque sea parcialmente, sino que se han incremento en un 2,6%, lo que representa un 58% más de quema de combustibles fósiles con respecto a los niveles de emisión en el año 90. Los países que mayores emisiones globales producen siguen siendo China (28%), Estados Unidos (16%), Unión Europea (11%) e India (7%). Según el estudio, las emisiones más altas de CO2 por persona fueron en Estados Unidos (17,2 toneladas de carbono), seguido de la Unión Europea (7,3 toneladas), y China (6,6). La deforestación, degradación forestal y otros cambios en los usos del suelo comprendieron más del 20% de las emisiones globales de la quema de combustibles fósiles de origen antropogénico en 2011. La quema de combustibles fósiles emite gases de efecto invernadero que están cambiando el clima, lo que está generando la disolución de los glaciares, uno de los impactos medioambientales más graves provocados por la sociedad humana. A finales del 2011, la concentración de CO2 en la atmósfera alcanzó 391 partes por millón (ppm), según los datos del informe. Si no se reducen las emisiones de CO2, superaríamos el límite de 2ºC que permite mantener el calentamiento global, de modo que, según las estimaciones, la temperatura global aumentaría a 4ºC en 2060.

Radioactividad

En condensaciones moderadas, la naturaleza dispone de la capacidad para suprimir las emisiones de SO2, SO3, NO2, NO, CO, CO2, sin embargo, la sociedad industrial genera tal cantidad de residuos que superan considerablemente esas condensaciones, y en consecuencia los residuos se transforman en contaminantes. La Huella ecológica no garantiza la capacidad de absorción del planeta, dañándose el equilibrio ecológico y desencadenándose los problemas ambientales que actualmente afectan al planeta. El aumento de la demanda humana de recursos naturales unido a un abastecimiento incontrolado provoca un gran desajuste ecológico, puesto que la sociedad genera más residuos que bienes. En esa red globalizada de producción – transporte – distribución – comunicación – comercialización – consumo – residuos – reciclaje, la acumulación de desechos y las descargas de contaminantes se multiplican, rebasando la biocapacidad de reciclamiento del planeta y nuestra propia capacidad de respuesta.

Los ciclos naturales han garantizado la vida en el planeta, pero este proceso está siendo gravemente afectado por la actividad humana inherente a la sociedad industrial contemporánea de la que deriva la actual crisis ecológica, la cual está marcada por la degradación ambiental y la pérdida de especies a escala mundial. La desenfrenada extracción de recursos naturales para suministrar ininterrumpidamente a la producción industrial ha agotado los nutrientes que posibilitan y sustentan las cadenas tróficas, modificando los ciclos naturales. Esta alteración puede suponer el fin del correcto flujo de biomasa y la desaparición de seres vivos. Los procesos industriales han acelerado la extinción, en tan solo unas décadas, de innumerables colectividades biológicas que alojaban especies y poblaciones resultantes de millones de años de evolución. Esta pérdida de biodiversidad se debe a la destrucción o degeneración de los hábitats, lo que ha transformado profundamente el paisaje natural por una excesiva producción industrial para abastecer los mercados.

La transcendencia ecológica de la desaparición de especies no está solo en su pérdida por el valor connatural de la especie, sino también en la desestabilización ecosistémica que conlleva, puesto que las comunidades de seres vivos interactúan y son interdependientes entre sí, de tal manera que lo que suceda a una especie afectará al resto de las especies que cohabitan en el mismo hábitat, incluida la especie humana. En la estructura de la comunidad biológica terrestre, existen especies que desempeñan una función ecológica esencial en el equilibrio ecosistémico, debido a que sus efectos sobre la comunidad son muy superiores al resto de especies; son las denominadas «especies clave», y entre ellas se encuentran hongos que ponen en movimiento el fósforo, bacterias que estabilizan el nitrógeno, depredadores que hacen posible la convivencia de diferentes especies de presas o especies de detritivoros o saprófagos que evitan la acumulación de materia orgánica en descomposición. La eliminación de estas especies clave supondría la desaparición de la vida en el planeta Tierra.

La crisis del mundo, como explica el profesor y filósofo francés Daniel Bensaïd, equivale a una desregulación generalizada, porque tanto las relaciones sociales como las relaciones entre la sociedad y las condiciones de su reproducción están desvinculadas. Los intereses del mercado a corto plazo destruyen las condiciones naturales de reproducción de la especie humana a largo. La desregulación global radica en que la organización y los procesos sociales no siguen una coherencia de sostenibilidad, sino que se rigen por las arbitrariedades de un mercado que gravita alrededor de la tecnología. Las consecuencias inevitables son, por un lado, crisis social, ya que el sistema no es capaz de organizar a largo plazo las relaciones de la especia humana y sus condiciones de reproducción naturales causando exclusión social y paro masivo, y por otro lado, crisis ecológica, porque los destrozos ocasionados al ecosistema-mundo alcanzan niveles de irreversibilidad. El origen de la crisis está en la ruptura entre el valor de uso y el valor de cambio, ruptura producida desde que la producción y la circulación, la compra y la venta, desarrollaron formas de existencia espacial y temporalmente diferentes. De ahí que, el mercado presente grandes desajustes entre la oferta y la demanda. La privatización mercantil y la privatización generalizada del planeta deriva y se fusiona con el proceso de cosificación de la naturaleza, visión quimérica que exime de cualquier responsabilidad al artefacto humano en su explotación desenfrenada de una naturaleza que se concibe gratis, como un simple objeto de uso o un objeto de consumo. En los tiempos modernos, la relación humano-naturaleza es unidireccional; el productivismo devorador extrae pero no devuelve, y la estrecha lógica de la economía mercantil mutila la racionalidad amplificada de la biosfera. Como plantean Martínez Alier y Oliveres, en el engranaje del sistema económico internacional, el Norte expolia sistemáticamente a la naturaleza y práctica un comercio ecológicamente desproporcionado. El desenlace de este drama es la transformación de la mitad del planeta en un estercolero y el extrangulamiento de las frágiles economías de los países periféricos, incrementándose la deuda ecológica del Norte con el Sur y agravándose las desigualdades ecológicas, económicas y sociales en el mundo.

En la crisis mundial, la convergencia de la problemática ecológica y la cuestión social es ineludible. Para la Organización de las Naciones Unidas, el nivel mínimo de desarrollo social satisfactorio de un país, esto es, el Índice de Desarrollo Humano (IDH), está en 0,3. Si, por ejemplo, se generalizara el estilo de vida o el nivel de consumo estadounidense, como publicita el modelo económico de desarrollo vigente, necesitaríamos la biocapacidad de cinco planetas similares al nuestro para disponer de 9,5 hectáreas por persona (huella ecológica por persona en Estados Unidos). Físicamente es imposible. Por otro lado, si se extendiera el de Burundi, nos sobraría la mitad de la biocapacidad del planeta, pero la población mundial no llegaría al mínimo de desarrollo social satisfactorio (Fernández Líria). Por consiguiente, la difícil y urgente tarea está en alcanzar un modelo que permita un desarrollo social adecuado para la toda la población, sin que suponga el suicidio ambiental del planeta.

2013-12-15_18h14_27

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5 Respuestas a “Crisis ecológica y social

  1. Sin embargo, un avance importante ha iluminado un aspecto relacionado de los agujeros negros. Como discutiré en el capítulo 9, el trabajo de Jacob Bekenstein y Stephen Hawking en los años setenta estableció que los agujeros negros contienen una cantidad de desorden muy concreta, técnicamente conocida como entropía. Pero, como en el ejemplo anterior, esta aproximación no tiene en cuenta correctamente las ganancias múltiples. Cuando interviene Alicia, correo outlook http://www-outlook.com/

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